MARÍA JESÚS MINGOT



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Extracto de "Lo que la noche esconde"

Adelaida no había abierto el libro. Llevaba diez minutos mirando las filas de pupitres, bañados por la pálida luz que se filtraba a través de las rendijas de la persiana. Ni siquiera se había molestado en subirla, ¿para qué? Las caras de los niños, recostados sobre la mesa o sobre el compañero de al lado, tenían un aire de familia estremecedor: en todas despuntaba la misma sombra. Dormían profundamente, exhaustos y vencidos. La mayoría de las mesas estaban vacías. Los que permanecían despiertos podían contarse con los dedos de una mano: cinco, tres menos que la semana anterior. Hacían lo imposible por mantenerse en vela, sumidos en un sopor tan pegajoso como el limo de una ciénaga. Adelaida se puso en pie, echando un último vistazo a sus alumnos. La consternación se reflejaba en su rostro. Sin coger sus cosas se dirigió hacia la puerta, llevándose las manos a la cabeza. “¿Pero cómo, cómo hemos podido llegar a esta situación?”, musitó. Y su voz se quebró en un sollozo. ¿Cuándo empezó todo? Silencio.